Yo (no) quiero tener hijos

Gibran Rodríguez

Escrito por

Gibran Rodríguez



Yo (no) quiero tener hijos

Reproducción


Reproductividad

12 de marzo del 2018


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¿Por qué no quieres tener hijos? es una pregunta que me han hecho en más de una ocasión, con cara de asombro, ante mi negativa a la pregunta de si deseo reproducirme. Siempre he tratado de ser lo más conciso y elocuente en mi respuesta, pero la última vez que me hicieron esta pregunta la insistencia de mi interrogador me llevó a perder un poco los estribos. Fue esto lo que me llevó a cuestionar el interés de esta persona en profundizar sobre mis razones para no "encargar a la cigüeña." Para no extenderme en este asunto, digamos que la conversación se desvirtuó completamente y se convirtió en un debate (no planeado y bastante sesgado) sobre las ventajas y desventajas del tener descendencia.

Parecía que un simple "Tener hijos no está dentro de mis planes" no era una respuesta lo suficientemente válida ante los ojos de este individuo y en definitiva, quizás tampoco lo es para muchas personas. Y es que vivimos en una cultura en la que se espera, o más bien se exige, que nos reproduzcamos, que procreemos y formemos "una familia." Es decir, la sociedad nos presiona para que alcancemos la trascendencia a través de dar vida a otro ser, de ejercer nuestras capacidades reproductivas en estricto sentido biológico. Y esto, para muchas(os), es muy frustrante.

Mi postura es clara: la decisión de reproducirse o no es completamente personal. Es más, la misma Constitución mexicana nos dicta que tenemos la libertad de elegir el número y espaciamiento de nuestros(as) hijos(as), tanto que cero es también un número. Pero la presión social existe: los estatutos sociales permean nuestra visión de la vida y nuestras aspiraciones personales, por lo que hablar de una completa libertad para decidir podría ser engañoso.

No es de sorprender que la razón por la que alguien no desea tener hijos es más fácilmente cuestionada que el porqué alguien sí habría de tenerlos. Pareciera obvio que una elección que empata con las convenciones sociales es menos proclive a ser cuestionada que una postura transgresora. Y este cuestionamiento, por más sutil que sea, significa poner en tela de juicio una decisión personal, diferente a un deber. Por lo general, me es fácil manejar el cuestionamiento cuando me encuentro en situaciones sociales, pero suele ser bastante irritante. La última vez que me ocurrió, como comenté en un inicio, la conversación no acabó nada bien.

Pero basta de mí. Me gustaría entrar en un análisis más profundo de este fenómeno. Si recordamos un poco de nuestra infancia, nos daremos cuenta que desde pequeños nos inculcan en la escuela las perlas del conocimiento de la biología, dentro de las que destacan el famoso ciclo de los seres vivos: nacer, crecer, reproducirse y morir. Siguiendo la lógica de este cuasi aforismo, nosotros deberíamos reproducirnos antes de morir. Y la angustia que esto genera es visible en quienes, al llegar la edad adulta (o por ahí de la mitad de los 20's) comienzan a preocuparse sobre cuándo y con quién formará una familia. Pero una familia, desde esta visión social, no sería familia si no se tienen hijos, pues éste es el ideal social que se mantiene vigente en nuestra sociedad mexicana (cabe recalcar que estoy en firme desacuerdo con ello). Es así como incluso, habiéndose casado, muchas parejas siguen siendo cuestionadas si por ahí del primer o segundo año de matrimonio ¡no han planeado tener hijos!

Sin embargo, hoy en día sabemos que la reproductividad es una de las esferas en las que nuestra sexualidad se expresa y se vive en la manera en que cuidamos a otros, en el modo en el que vemos por los demás y dejamos un legado, y en nuestra habilidad para reproducirnos sexualmente. Como tal potencialidad humana, la reproductividad correctamente ejercida incluirá la decisión personal de reproducirnos biológicamente o no, decisión que es un derecho humano. Por tanto, el mandato social de reproducirnos a toda costa (y las represalias que sufrimos quienes fallamos en hacerlo) atenta contra nuestros derechos sexuales.

Yo, siendo hombre (e identificado como tal), he sentido la presión social para reproducirme. No sólo familiares o amigos(as) me han hecho esa pregunta, sino también personas que tengo minutos de conocer y que se enteran, por azares de la conversación, de la ausencia de hijos(as) en mis planes a futuro. Y hago hincapié en mi sexo biológico e identidad de género porque he notado un énfasis muy particular que la sociedad pone en la capacidad reproductiva de las mujeres, el cual surge del paradigma mujer es igual a madre. Pareciera que a la mujer se le exige cumplir con un "deber reproductivo" de manera más tajante y explícita que al hombre. Y si yo siento una fuerte presión, ¡ya me imagino ellas cómo lo sufrirán! Aquí también las cuestiones de género crean una brecha entre cómo la sociedad trata a mujeres y a hombres de manera diferente.

Mientras que a los hombres nos pueden llegar a cuestionar y "ver raro", una mujer que no desea tener hijos es tachada de egoísta, mezquina o rebelde, pues no desea fungir el "rol femenino" que le ha sido asignado. La mujer que opta por no ejercer o por postergar la maternidad es presa de prejuicios y del escrutinio social, pues a algunas personas les es imposible concebir que una mujer no se "realice" como tal a través de la maternidad. Es más, pareciera que la conformación de la identidad femenina está fuertemente ligada al rol materno, como si éste fuera el símbolo máximo de feminidad. Tristemente, las calificaciones negativas otorgadas a las mujeres que optan deliberadamente por no ejercer este rol en sus vidas son más comunes de lo que creeríamos.

Hay veces en las que incluso el discurso de algunos profesionales apoyan estas mociones. Desde una perspectiva meramente psicoanalítica, han salido a la luz teorías que apoyan el paradigma de la mujer como madre innata. Estos(as) autores(as) describen cómo las mujeres poseen una "deuda de vida" con sus madres, quienes las dieron a luz, y que cuando alcanzan la madurez reproductiva tienen que retribuirlo siendo ellas ahora las que fungirán como madres. Desde esta perspectiva, sería menester de la mujer cumplir con el deber de demostrar gratitud hacia su madre por medio de la procreación, so pena de lidiar con conflictos internos. No obstante, si se utilizaran estas teorías para fundamentar la demanda social impuesta sobre las mujeres para que funjan invariablemente como madres (pues está "programado en su inconsciente"), se corre el riesgo de ejercer efectos potencialmente negativos tanto en las mujeres como en sus hijos(as). Imaginemos el caso de una mujer que no desea reproducirse pero que se ve obligada, por convención social, a tener hijos(as). ¿En verdad recibirán los(as) hijos(as) el mismo trato o atención que aquellos(as) planeados(as) y deseados(as)? ¿La madre disfrutará de su labor igual que aquella mujer cuya aspiración principal era verdaderamente ser mamá?

En un país como el nuestro, en donde el arquetipo de la madre abnegada impera, resulta difícil para muchos no concebir a la mujer como madre en potencia. El dedicar la vida a objetivos no relacionados con tener hijos, al menos en mujeres, se llega a tachar de superfluo y se liga con un futuro de soledad y de falta de realización personal. Claro está que somos seres vivos, y como tales, poseemos esta capacidad fecunda de dar origen a nuevos organismos, tanto que no idénticos pero similares a nosotros. Pero, ¿dónde queda la libertad de decidir? Gracias a los caminos evolutivos que nuestra especie recorrió, hemos sido dotados de una capacidad de raciocinio poco común y que de cierta manera nos libera de esta jaula ideológica en la que nos encasillamos como biología pura. Nuestro fin último ya no necesariamente tiene que estar ligado a la procreación biológica, pero nuestra sociedad mexicana se empeña en que así sea.

Por otro lado, ¿por qué habría de ser diferente la presión dirigida a hombres y mujeres? Si bien he dicho que yo mismo he sido blanco de insidiosos cuestionamientos, comparo mi situación con la de algunas mujeres conocidas y amistades allegadas, y me percato de que la presión es en mi caso, sino menor, cualitativamente distinta a la que ellas sufren. Nuestra estirpe sigue cargando con esa pesada característica de ser sexualmente dimorfos y por consecuencia o función, de diferenciar socialmente entre lo que un hombre y una mujer "deben de ser o hacer." Y en esta diferenciación, la mujer ha sido asignada con el rol invariable de madre, mientras que parece ser más factible "perdonar" al hombre. Y esto es inequidad…

Concluyendo, la reproductividad es una potencialidad humana que se puede expresar de muy diversas maneras. Ésta se puede observar, por ejemplo, en como un niño o niña cuida de su mascota y en la manera en que yo, por ejemplo, interactúo con mi pequeño sobrino. No se trata solamente del aspecto biológico que lleva a la concepción y al parto, sino también a los ámbitos psicológico y social que circundan a nuestra capacidad para reproducirnos. Y habiendo múltiples alternativas para expresar nuestra reproductividad, cada uno de nosotros tenemos la libertad de decidir cómo ejercerla. Si para una persona la maternidad o paternidad resulta un objetivo personal a través del cual ve la oportunidad para trascender como persona ¡adelante! Es una decisión tan respetable como el dedicar la vida a un objetivo distinto. Pero no nos dejemos llevar por convenciones sociales obsoletas. Seamos cuidadosos en la manera en que abordamos a aquellas personas que, desde el punto de vista social, se desvían de estas normas o convenciones, particularmente en cómo tocamos en tema con las mujeres. Como dice Marta Lamas, "Para defender la autonomía de las mujeres hay que dejar de considerar la maternidad como destino y comenzar a verla como un trabajo de amor que, para ejercerse a plenitud, implica algo previo: EL DESEO."

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