¿Qué es la violencia sexual?

Lucía de los Santos

Escrito por

Lucía de los Santos



¿Qué es la violencia sexual?

Violencia


Violación

2 de enero del 2018


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La violencia o coerción sexual es un fenómeno social y cultural que puede generar aprehensión y controversia cuando es discutido. Presente desde tiempos antiguos, es un acto que transgrede nuestras normas y estándares sociales, y aunque no es necesariamente una conducta exclusiva del ser humano, es una devastadora expresión de poder y control sobre otro individuo. En una especie como la nuestra en la que la evolución no sólo nos ha permitido congregarnos y regular nuestra conducta sino también desarrollar procesos mentales superiores inexistentes en otras formas de vida, la violencia sexual se torna indiscutiblemente inaceptable ante nuestras facultades y habilidades de empatía con el otro, la intencionalidad de nuestros actos, la capacidad de toma de perspectiva y la aceptación universal de nuestros derechos humanos.

Este tipo de delito sexual no sólo es más frecuente de lo que imaginamos, sino que sus repercusiones en la víctima son más graves y duraderas que un simple mal recuerdo o episodio agudo de crisis. La coerción sexual se expresa cuando una persona o grupo de personas obligan a otra a realizar actos sexuales no consensuados por medio de la violencia física o moral, es decir, que la actividad sexual NO ocurre de manera consensuada entre dos adultos que gozan plenamente de sus facultades mentales. Existen varias maneras de clasificarlo según la ley vigente o el marco teórico desde el que lo analizamos; puede involucrar la violación, el abuso sexual, el acoso sexual, y variar según los involucrados, el género del(los) agresor(es) y de la víctima, la edad de las partes involucradas y el contexto (e.g., incesto, violaciones durante citas o en el matrimonio, violación en prisiones, etc.). Lamentablemente, las víctimas pueden ser desde infantes de meses de edad hasta adultos mayores de 80 años.

Pero, ¿qué tan expuestos estamos a este tipo de delitos? y ¿qué podemos hacer para contribuir a una sociedad libre de violencia sexual? Antes de entrar en detalles, discutamos términos básicos. Como generalidad, es común encontrar que la violación se defina como el acto de forzar a una persona a tener sexo vaginal, anal u oral, introduciendo el pene u otros objetos/utensilios en la víctima. El abuso sexual, que es más frecuente en niños menores de 13 años de edad, es comúnmente definido como el acto de obligar a otra persona a realizar actos sexuales que, sin necesariamente llegar a la cópula, involucran la coerción y la satisfacción sexual del agresor (e.g., la masturbación). Mientras tanto, el acoso sexual se refiere a comportamientos de naturaleza sexual (e.g., tocamientos, petición de favores sexuales, etc.) que pueden ocurrir en diversos ámbitos, generalmente laborales o educativos, y en el que la víctima se siente amenazada ya que el agresor puede imponer el cumplimiento de este acto medio para mantener el empleo o el avance en el sistema educativo. Más aún, el acoso sexual genera un ambiente hostil, ofensivo e intimidante para la víctima.

Es un hecho que la violencia sexual es más común en contra de mujeres que de hombres, y que también afecta a niños y adolescentes. En EE.UU. la National Health and Social Life Survey de la década de los años 90 encontró que el 17% de las mujeres y el 12% hombres había mantenido contacto sexual con adolescentes (14-17 años) cuando eran niños, mientras que 20% de las mujeres y 5-10% de los hombres habían tenido contacto sexual con adultos durante su niñez; todas estas situaciones representan incidentes de abuso sexual infantil. Asimismo, en 1993, sólo en el D.F. se atendieron en una clínica especializada 3,039 personas víctimas de delitos sexuales; en 2009, se reportaron en el país 14,829 denuncias de violación. Sin embargo, las estadísticas tienen un gran riesgo de estar sesgadas pues se estima que un gran número de estos incidentes no son reportados, calculando el total de violaciones ocurridas anualmente en el país en alrededor de 112,000 casos. Algunos estudios arrojan que las mujeres a lo largo de su vida tienen una probabilidad del 14 al 25% de sufrir violencia sexual (particularmente, violación). Me pregunto, ¿estamos o no frente a una problemática grave de salud pública?

Ante una situación índole tan grave, es importante abordar los factores que determinan el comportamiento del agresor sexual. El comportamiento antisocial (en general, un patrón de conducta de desprecio y violación de los derechos de otros), está definido por la interacción de elementos psicobiológicos, ambientales e inclusive genéticos, por lo que las causas de la violencia sexual pueden responder a diferentes causalidades. La investigación al respecto ha demostrado que en la expresión de este comportamiento intervienen los valores culturales (e.g., dominancia masculina), guiones culturales del comportamiento sexual, influencias familiares tempranas (e.g., violencia familiar, abuso sexual en la infancia, etc.), influencia del grupo o pares, factores contextuales, problemas de comunicación entre géneros, dinámica de poder y las normas sociales de masculinidad. En sí, aún cuando existe una gran difusión del mito de que el abuso sexual o violación es inducido por la víctima, particularmente la mujer, pues "ella estaba provocando al hombre", la realidad es que es común que el agresor sexual presente fuerte psicopatología, que su proceso de socialización de género en la infancia le haya enseñado que el hombre debe dominar a la mujer, y que en su contexto existan un alarmante desorden de la organización social.

En cuanto a las víctimas, las secuelas son preocupantes. No sólo el contexto cultural puede lograr culpabilizar a la mujer o víctima, generando problemas de autoimagen, autoestima y una fuerte tendencia a la autodevaluación, sino que también puede presentar crisis emocionales fuertes (caracterizadas por temor, desconfianza, angustia, tristeza, agresividad, depresión, enojo e inseguridad), estrés postraumático (un trastorno psiquiátrico), disfunciones sexuales, depresión, intentos de suicido y otros problemas psicológicos. ¡Los problemas pueden llegar a durar más de un año!

En México, entre 7 y 26 de cada 100 casos de violación terminan en embarazo, mientras que la culpabilización de la víctima ha aparecido en los medios recientemente: una joven de Guanajuato fue secuestrada y violada multitudinariamente, pero los cargos contra los agresores fueron desestimados pues ella no opuso resistencia. Me pregunto, ¿qué hubiera pasado si se hubiera resistido? ¿Habría vivido para contarlo? ¿El no resistirse por miedo a lo que le pudiera ocurrir acaso no constituye también una característica de la violación?

Además, se ha encontrado que en casos de abuso sexual infantil, el impacto en la víctima puede expresarse también en la vida adulta de la víctima en forma de ansiedad, depresión, problemas de autoestima, problemas de salud, comportamiento sexualmente inapropiado y ¡en la misma conducta antisocial! Es decir, el ciclo se puede volver a repetir... Estas consecuencias son más intensas en la vida del adulto que fue abusado en su niñez si el agresor era un miembro de la familia, ocurrió por un largo periodo de tiempo y si involucró penetración vaginal, oral o anal.

Sobre al acoso u hostigamiento sexual, en el periodo entre el 2010 y 2011 se estimó que alrededor del 2.8% de las mujeres empleadas habían sido acosadas en su trabajo. No nos vayamos tan lejos: hace algunos meses un incidente entre un profesor universitario y una alumna, ocurrido en el D.F., estuvo en boca de todos. Parece que, en efecto, estos lamentables eventos ocurren más frecuentemente de lo que queremos aceptar.

El tratamiento de las víctimas involucrará la intervención de especialistas de medicina, psicología, leyes y trabajo social. Puede tomar un tiempo considerable el recuperarse del incidente. La gran pregunta es ¿qué podemos hacer para prevenir la violencia sexual en nuestras comunidades y no depender de la intervención con la víctima?

La prevención NO debe de recaer únicamente en programas formales preventivos. En nuestras manos está la difusión de información y la educación sexual integral a través de nuestro proceso de socialización cotidiano. Es decir, debemos contribuir para equilibrar la disparidad en las relaciones entre hombres y mujeres, desmitificar la violación como un acto propiciado por la víctima, fomentar la equidad de género para mejorar la comunicación entre hombres y mujeres modificando concepciones erróneas (e.g., "la mujer cuando no en verdad dice sí") y estimular la denuncia de estos ilícitos. También debemos impulsar nuestros derechos sexuales y humanos e inculcarlos en los más pequeños para propiciar un futuro libre de violencia sexual. ¡Prevenirla es responsabilidad de todos y quedarse callados no es una opción!

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