“Es contrario a mis creencias religiosas”: Dilemas éticos en el trabajo con personas LGBT+

Gibran Rodríguez

Escrito por

Gibran Rodríguez



“Es contrario a mis creencias religiosas”: Dilemas éticos en el trabajo con personas LGBT+

LGBT


Política

11 de junio del 2018


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Las personas lesbianas, gay, bisexuales y transgénero (LGBT+) suelen buscar servicios de atención psicológica/psiquiátrica con mayor frecuencia que el resto de la población. Esto se debe a que, en un gran número de casos, sufren de mayores problemas de salud mental, tales como ansiedad y depresión, que se derivan a la estigmatización que experimentan diariamente.

Sabemos que es necesario entrenar a profesionales de salud mental que puedan atender las demandas y necesidades de la población LGBT+; terapeutas, psicólogxs, clínicxs y psiquiatras que conozcan los retos a los que las personas LGBT+ se enfrentan, y que además cuenten con la sensibilidad necesaria para brindar servicios efectivos en un ambiente libre de discriminación. Hablando de mi profesión en particular, como psicólogxs nos debemos a nosotrxs mismxs y a nuestra disciplina el considerar las maneras en las que podemos aminorar la carga social de las personas LGBT+ a través de la constante mejora del entrenamiento y educación que recibimos en las aulas y fuera de ellas; estas mejoras dependen tanto de quienes imparten los cursos y entrenamientos como de quienes, sin estar involucradxs en educación formal, tienen colegas con quienes discuten casos y cooperan entre sí. Aunque el entrenamiento en competencias multiculturales y la apertura a la diversidad en el campo de la salud mental es un tema popular hoy en día, la lamentable realidad es que lxs estudiantes y profesionales (al menos en México) reciben una educación sumamente inadecuada en materia de salud mental y diversidad sexo-genérica.

Aunque la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés), siendo uno de los organismos más influyentes en el campo de la psicología, ha desarrollado una serie de lineamientos para la práctica psicológica con personas LGBT+, estos son presentados como meras recomendaciones. Por tanto, existe la posibilidad de que no sean consideradas como obligatorias, ya que la renuencia ante su seguimiento en la gran mayoría de los casos no está sujeto a mecanismos de rendición de cuentas (es decir, si no se siguen estos principios nadie hace nada a menos que haya una denuncia directa). No obstante, el principio de no discriminación se ha incluido en un sinnúmero de Códigos de Ética alrededor del mundo, dirigidos a la regulación de la práctica de la psicología como profesión. El Código Ético del Psicólogo en México, por ejemplo, establece que lxs profesionales de la psicología deben respetar las ideas políticas, religiosas y la vida privada de las personas independientemente de su nacionalidad, edad, sexo, estatus socioeconómico u otra característica individual de quien consulte (he de notar que no usan el término orientación sexual o identidad de género, lo cual es una laguna que la Sociedad Mexicana de Psicología habrá de atender). Por otro lado, el Código de Ética para Psicólogxs desarrollado por la Asociación Psicológica Canadiense menciona, en su Principio I: Respeto por la Dignidad de las Personas, que la discriminación en cualquier área de práctica psicológica es inaceptable y contraria a los estándares éticos adoptados por la profesión. Además, en su Principio II: Atención Responsable, se enfatiza que lxs psicólogxs deben ser competentes en su práctica, particularmente en cuanto al motivo de consulta o necesidades de sus clientes, de manera que se apunta indirectamente a la necesidad de saber cómo tratar profesionalmente a las personas LGBT+.

Aunque existen estudios que señalan que lxs psicólogxs o estudiantes de psicología (y psiquiatría) tienden a ser más abiertxs con respecto a la diversidad sexual y de género que la persona promedio, el estado incipiente de los actuales mecanismos de rendición de cuentas para adoptar medidas afirmativas de las identidades LGBT+ crea brechas en cómo se entrena futurxs profesionales del campo, particularmente aquellas personas que en verdad expresan prejuicios o discriminan a las personas LGBT+ y que se desempeñan (o desempeñarán) en el ámbito clínico. Si no existe un marco legal que nos ayude a castigar a quienes incurran en prácticas discriminatorias desde las profesiones de salud mental, queda en nuestras manos como colegas, instructorxs y profesorxs el señalar estos casos e influir en su rectificación.

Aún y cuando el entrenamiento en competencias multiculturales LGBT+ ha demostrado resultados prometedores en cuanto a la modificación de sesgos de estudiantes, en la práctica, este tipo de instrucción involucra consideraciones éticas únicas que no se discuten muy a menudo. Recientemente, la yuxtaposición de los principios de no discriminación y de la libertad de expresión/afiliación religiosa ha acaparado los medios con preguntas como las siguientes: ¿Pueden lxs dueñxs de un negocio negarle sus servicios a personas LGBT+ porque su religión se los “prohíbe”? ¿pueden las personas hacer comentarios en contra de la comunidad LGBT+ alegando libertad de expresión? ¿es el autobús de la libertad un ejemplo de libertad de expresión o un simple despliegue de discriminación?

En este blog sustentaré dos consideraciones éticas sobre el trabajo sensible a la diversidad sexo-genérica que son comunes para lxs psicólogxs o profesionales de salud mental de cualquier denominación (i.e., consejerxs, clínicxs, terapeutas, psiquiatras, etc.), particularmente en un país mayoritariamente religioso como lo es México. La primera consideración es que, reconociendo que la libertad de expresión y de religión son derechos humanos, ¿se debería permitirle lxs estudiantes/practicantes en el área de salud mental el incorporar actitudes negativas hacia las personas LGBT+ con base en sus creencias religiosas? El segundo, ligado al anterior, se refiere al decidir no trabajar con personas LGBT+ por conflictos de valores: ¿Es ético que estxs profesionistas refieran a personas gay, lesbianas, bisexuales o transgénero por su imposibilidad de tratarles dado su afiliación religiosa?

En mi experiencia de trabajo en Monterrey y en contextos primordialmente religiosos, las actitudes discriminatorias y la homofobia entre estudiantes y practicantes de psicología, fundamentadas en creencias religiosas, es una dolorosa realidad. Por tanto, la verdadera pregunta es, desde el rol de maestrx, instructorx, profesorx y/o colega que ejerce una práctica ética, ¿qué hacer cuando nos encontramos con esta situación en profesionales que conocemos?

La división entre práctica profesional y credo religioso

Pocas (si no es que ninguna otra) minorías sociales son más proclives a ser discriminadas con fundamento en creencias religiosas que las personas LGBT; la discriminación con base en raza u origen étnico, por ejemplo, generalmente no está relacionada con la religión, lo cual hace más sencillo la tarea de los cuerpos regulatorios de las profesiones de salud de establecer mecanismos de prevención y de rendición de cuentas en caso de que sus profesionistas incurran en algún acto racista. Lxs profesionales que están involucradxs en el entrenamiento clínico de futurxs psicólgoxs, desde un enfoque positivo hacia las personas LGBT+, se enfrentan con un verdadero dilema cuando se topan con estudiantes que poseen prejuicios sobre la diversidad sexo-genérica fundados en su acervo religioso. Es común que las creencias de estas personas sean rígidas y que, al tratar de influir sobre ellas, se sientan señaladas; en algunas instancias, apelan a su libertad religiosa como justificación de sus posturas (i.e., “no puedo trabajar con parejas del mismo sexo/género porque son antinaturales”).

Dado que el permitir que lxs psicólogxs (y profesionales de salud mental) en entrenamiento continúen adoptando estas posturas discriminatorias puede ocasionar daños considerables en clientes/pacientes/consultantes que se identifican a sí mismxs como minorías sexo-genéricas, aquellas personas encargadas de la instrucción de las futuras generaciones de profesionales deben atender esta situación (¡aunque también es deber de colegas éticamente responsables!). La necesidad de anteponer el principio de no discriminación antes de la libertad de credo y de expresión ya ha sido explicada por el filósofo Karl Popper a mediados del siglo pasado, por medio de su paradoja de la tolerancia: Para construir una sociedad tolerante, caracterizada por apertura e inclusión, entonces NO debemos tolerar la intolerancia.

En el caso de estudiantes que presenten prejuicios o actitudes homonegativas y/o transfóbicas hacia las minorías sexuales y de género, debemos ayudarles a analizar sus prejuicios y experiencias pasadas de manera que aborden a las personas LGBT+ desde una visión científica y no patológica. Ellxs deberán aprender cómo monitorear sus propios sesgos; se les puede recomendar consultar con sus pares y seguir modeles paso-a-paso que ayudan a terapeutas y profesionales de la salud mental a resolver conflictos de valores (es decir, cuando sus valores personales entran en conflicto con los valores de su profesión).

Aunque el atender a los prejuicios y actitudes negativas de estudiantes no garantiza que se eliminen sus sesgos hacia la comunidad LGBT+, es necesario enfatizar el daño que estos pueden tener en terceros. Lo que está más claro que el agua es que el ejercer como profesional de la salud mental, cualquiera que sea la denominación o disciplina, implica velar por el bienestar de las personas con quienes trabajamos; la homofobia, bifobia, transfobia, lesbofobia y homonegatividad (entre otros conceptos) son INADMISIBLES en la práctica competente dentro de este campo. La discriminación, sin importar si ésta tiene sentido desde la doctrina religiosa que unx profese, NO tiene cabida en la psicología, la psiquiatría, el trabajo social, la psicoterapia, y otras profesiones afines.

Entonces, ¿es mejor referir a pacientes/clientes/consultantes LGBT+ si existe un conflicto de valores? Cuando unx terapeuta o clínicx refiere a una persona LGBT+ debido a su inhabilidad para manejer el conflicto que existe entre sus valores religiosos y las necesidades de las minorías sexo-genéricas, surgen más cuestionamientos de carácter ético. Aún y cuando en otros rubros de negocio la negación de servicios a estas personas se considera como una ofensa civil que puede ser reportada, en el ámbito de los servicios de salud mental, lxs profesionales pueden argumentar que el abstenerse de trabajar con personas LGBT+ o referirlas con otrx profesionista es el curso de acción más ético. Sin embargo, el terminar con la terapia, aún cuando limita la ansiedad de quien funge como terapeuta, victimiza a la persona que recibía dicho servicio.

Aunque sería ideal que todxs lxs psicólogxs registradxs (o especialistas en salud mental) estén libres de sesgos, prejuicios y actitudes negativas hacia las personas LGBT+, en la realidad, este no es siempre el caso. Esto es preocupante dado que, en una gran mayoría de los casos, quienes practican en este ramo se habrán de encontrar con clientes, pacientes o consultantes que se identifiquen como LGBT+ en algún punto de sus carreras. Los Códigos Éticos del Psicólogx, tanto en EE.UU., como en México o Canadá, hacen énfasis en que quien practique en el ámbito clínico debe buscar entrenamiento y consultar a expertxs en el tema de salud mental LGBT+ para estar bien preparadx cuando llegue la hora de atender a una persona gay, lesbiana, bisexual o transgénero. Por otro lado, el referir a una persona con otrx profesionista por prejuicios en lugar de falta de competencia (i.e., no saber cómo tratar adicciones) es fundamento suficiente para levantar una denuncia sobre prácticas discriminatorias (si no me lo creen, revisen estos casos en EE.UU: Bruff v. North Mississippi Health Service, Inc. [2001], Keeton v. Anderson-Wiley [2010], Ward v. Wilbanks [2010].

Incluso cuando el referir a estas personas se haga con extremo cuidado para no revelar la razón verdadera (en este caso, un conflicto de valores), el riesgo de daño al cliente/paciente/consultante está siempre presente. Esta situación se agrava en contextos en donde los servicios de salud mental son limitados (i.e., áreas rurales), al ser casi inexistente el acceso que tienen estas personas a otrx prestadorx de servicios en donde sí sean aceptadas. Por tanto, el referir a personas LGBT+ alegando un conflicto de valores no es necesariamente la decisión correcta en todos los casos. Únicamente si lxs profesionales han identificado sus propios sesgos, han tomado los pasos necesarios para lidiar con el conflicto y han determinado que su nivel de competencia (i.e., entiéndase conocimiento o habilidad) es inadecuado para atender las necesidades de las personas LGBT+, entonces la decisión de referir será ética y por tanto, adecuada. Lo que es importante comprender es que si existen conflictos de valores que nos impiden trabajar con cierta población por nuestros propios prejuicios, es necesario que busquemos supervisión, educación o ayuda por parte de colegas para trabajar con nuestra pre-concepciones y actitudes negativas, antes de negar servicios a personas en situaciones vulnerables. Aún y cuando nuestra religión nos diga lo contrario, en la práctica clínica y en la salud mental, discriminación es discriminación. Y por tanto, debemos estar listxs y prepararnos para una praxis ética, en línea con los principios de la profesión. Si no, entonces tal vez nos equivocamos de carrera, ¿no crees?

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